
En el barrio bohemio...
Llevamos ya cinco años viviendo en el barrio de La Latina en Madrid, o como lo llama mi amigo Pedro "El barrio Bohemio". El nombre es harto acertado. Barrio claramente es y barrio como los de toda la vida: sus abuelas y abuelos paseando y sentados en la plaza con los nietos, las tiendas de ultramarinos de siempre, el mercado con sus puestecitos variados, los vecinos que bajan a pasear a sus perros a la misma hora para que correteen juntos...incluso tienda de los chinos de "todo a cien".
La parte bohemia aparece principalmente los fines de semana, a contar desde el jueves por la noche. Bueno, realmente bohemios puros ya quedan pocos o ninguno. En realidad La Latina se ha convertido en un lugar de encuentro para lo más variopinto y cool de la ciudad. Coinciden en sus bares y plazas jóvenes y no tan jóvenes, vestidos con sus mejores trapitos a la última moda o con sus vaqueros más gastados y sus rastas más hippies. Todos vienen a divertirse, reir, beber y como no, a ver, ser vistos, y si es posible, llevarse regalito a casa para compartir lecho y desayuno. Cada uno hace los fines de semana el circuito a su medida, unas cañitas en el Bonanno, unos huevos en el Almendro, unas copitas de atardecer en el Viajero o en el Tomás, unas litronas y unos petillas en la plaza oyendo los bongos de los rastas de al lado y por supuesto, por supuesto, el mejor mojito de la ciudad en el café Delic.
Puedo confirmar que Barrio y Bohemio conviven de lo más apacible. No se trata de dos mundos divididos en noche y día, blanco o negro, días laborables o fines de semana. En realidad los niños juegan en la plaza, la gente se va de cañas, y los rastas tocan los tambores. El mejor ejemplo lo presenciábamos la primavera pasada, un domingo por la mañana. Andábamos camino de la compra de pan y prensa cuando nos fijamos en una pareja sentada en uno de los bancos de la plaza. Ya sé que a priori no tiene nada de especial esta estampa, pero al fijarnos, nos percatamos de que eran dos muchachos (él y él), con ropa claramente del día anterior, sentados uno a horcajadas del otro, besándose apasionadamente bajo el sol del mediodía. Lejos de escandalizarnos nos sonreimos al verlos, reconociendo la situación de un ataque de amor a la vuelta de la disco. Continuabámos nuestro camino cuando nos dimos cuenta que el banco contiguo lo ocupaban una pareja de ancianitos (él y ella en esta ocasión) de los que suelen hacer la fotosíntesis al solano en la plaza del barrio. Todavía con la sonrisa en los labios nuestras miradas se cruzaron, y en lugar de percibir recriminación o escándalo nos encontramos con una sonrisa de complicidad, como un "mira que bien se lo están pasando este par".
Puede que esta mirada picarona y cómplice de la tercera edad de mi barrio sea común en los habitantes del barrio de Salamanca o Chamberí, pero a mí me da la sensación de que es bastante exclusivo de aquí (y por supuesto del de Chueca), y he de decir que me gusta, y mucho. Me gusta que les encante convivir con los bongos, las litronas de los domingos, el pijo con las gafas de armani, y los gays que se besan apasionadamente a las doce de la mañana sin ningún pudor.
Llevamos cinco años en el barrio bohemio, y me va a dar mucha pena tener que dejarlo...tendré que buscar otro sitio que se le parezca, eso sí, ¡esta vez con ascensor!