
Esas benditas hormonas
Me encanta ser mujer. De verdad que sí. A pesar de los cambios de humor, las horas de peluquería, depilación, y maquillaje (y por supuesto desmaquillaje) que hay que padecer. Me gusta ser sensible, darle vueltas a las cosas, empeñarme en algo o en alguien, no entenderme con otras mujeres a pesar de estar diciendo lo mismo, e incluso no comprender a los hombres en su bendita sencillez, por estar siempre buscando una vuelta de tuerca más que ellos por supuesto ni se han planteado.
Pero los días que una se levanta con la lupa gris en lugar de las gafas rosas, y que haciendo uso de la lógica dice.-¿por qué estoy triste?.- y no encuentra la razón, esos días odio mi feminidad y el baile de hormonas. Porque le echo la culpa a las benditas hormonas por hacerme sentir esta desazón constante, y esa lágrima fácil simplemente porque me he tenido que cambiar de acera para cruzar. La culpa también puede ser de la física y química que compone nuestro cuerpo y que nos anima a mentirnos sobre aquello de que la ingestión compulsiva de chocolate en estos momentos es positiva para "equilibrar" la falta de azucar. Luego estamos dos kilos más gordas, igual de locas, y con las mismas hormonas disparadas.
Estas benditas hormonas, que me hacen ser muy mujer, muy sensible, muy tristona, son las mismas que me hacen ser muy mujer, muy divina y muy diosa. ¿Quién querría ser mujer sin experimentar estos cambios de humor?
Pues permítanme decirles que a mí no me importaría nada ahorrame este par de días ñoños al año que tenemos que sufrir por esas benditas hormonas. Que inventen de una vez la depilación definitiva de las depresiones femeninas, por favor, y que me dejen con las otras 95 mil cosas maravillosas de ser mujer.

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